¿Cuántas veces has oído a tu hijo decir que no quiere ir al colegio?
Muchas, ¿verdad? Yo también.


Hace pocos días, una amiga y colaboradora me envió  una entrevista a César Bona, maestro de la enseñanza pública reconocido por su particular ejercicio de la docencia. Bona cuestiona el sistema educativo actual y cree que otra escuela es posible dando voz  y visibilidad a muchos maestros y proyectos que también así lo creen. Estoy completamente de acuerdo con esta visión. Lo que a mí me llamó más la atención en esta ocasión fue la frase de Bona resaltada por la entrevistadora y elegida para dar título a su entrevista: “si tu hijo no quiere ir al colegio, ¡escúchale!”
Me llegó en un momento de especial susceptibilidad con este tema. Mientras en algunos centros las cosas empiezan a cambiar la realidad escolar para los niños sigue siendo de una exigencia desmesurada y aunque la mayoría son capaces de afrontarla, porque así somos, nos adaptamos,  no deja por ello de dejar una huella profunda. Por este motivo me encontré recientemente, y no por vez primera, defendiendo ante un profesional de la educación pública mi firme decisión de escuchar a mi hijo cuando me dice que no quiere ir al colegio, algo que suele despertar las alertas de quién me escucha. Mi empeño en defender mi postura tiene la misma motivación que este artículo, aportar un punto de vista diverso.
La persona que tengo delante no me conoce, se remueve tensa en su silla. Le explico, con calma y convencimiento, pero con la contundencia que para mí este tema merece, que si mi hijo, que habitualmente va contento a la escuela, una mañana no quiere ir, es que algo le pasa. No es un capricho. Mi hijo está expresando una necesidad, y su necesidad merece ser escuchada.
Mi hijo se levanta y no quiere ir a al colegio hoy. ¿Por qué? A mí se me ocurren un sinfín de razones: una mala noche con pesadillas que ni siquiera recuerda pero que le hacen despertarse agotado. Tal vez, al despertar, recordó que el día anterior la hora del patio se terminó con un enfrentamiento con otro niño del que nadie supo y ahora no sabe cómo afrontarlo, tal vez olvidó hacer los deberes y la maestra ya le ha advertido de quién sabe qué consecuencias negativas si no lleva su tarea. Mi hijo puede tener miedo. O unas ganas enormes de terminar un dibujo que empezó la noche anterior en casa o simplemente necesita estar a solas con su madre, o con su padre, circunstancia que pocas veces se da debido a las rutinas familiares. Esa mañana su cuerpo le está diciendo que necesita un descanso, no exponerse a la exigencia de las cinco horas lectivas…
Para mí, todos estos motivos son más que válidos. Para la escuela, y lo que socialmente está aceptado, el único motivo válido es la enfermedad.

Los niños están mucho más conectados con sus sensaciones que nosotros.


Si los niños no están enfermos y no quieren ir a la escuela algunos papás sentimos que nos incomodan. Es una situación muy estresante tener que lidiar con ese “problema” cuando tenemos que marcharnos a trabajar y muchas veces se producen escenas en las que acabamos acusándoles de ser caprichosos, imposibles y demás calificativos negativos…
La mayoría de los niños aprenden pronto la lección: se adaptan y aceptan el hecho de que al cole hay que ir pase lo que pase. Si se trata de un niño despierto puede llegar a darse cuenta de que si finge estar enfermo, funciona ¿no os ha pasado alguna vez? Estoy segura de que alguna vez os habéis preguntado, o más bien teníais la certeza de que vuestro hijo mentía deliberadamente para no ir al colegio. Sí, somos muchos los papás y las mamás que en más de una ocasión tenemos  una conexión real con el sentir de nuestros hijos,  y  en un acto de benevolencia hacemos la vista gorda, porque en la cara y la frase de nuestro hijo reconocemos esa sensación que nosotros alguna vez vivimos también cuando fingíamos tener dolor de barriga el día del examen de mates. Sin reconocerlo abiertamente firmamos el justificante que salva a nuestro hijo en esa ocasión pero que sigue sosteniendo el sistema, al no cuestionarlo: “mi hijo está enfermo”. No cuestionamos el estrés innecesario al que sometemos a los niños “examinándolos”, juzgando si lo que hacen está bien o está mal a cada paso. Otros, reconocemos la sensación, pero respondemos desde lo aprendido y desde los mandatos y no sólo desoímos su llamada desesperada si no que recalcamos además que son unos “mentirosos” y unos “manipuladores”.

La realidad es que la mayor parte de las veces los niños van a la escuela se sientan como se sientan y finalmente, cuando la situación se vuelve demasiado exigente en términos emocionales, llega el cuerpo a rescatarles: ¡enferman de verdad!.
¡Aleluya! Por fin los adultos se ponen de acuerdo en que si vomitan, no tienen que ir a la escuela. Finalmente su alma encuentra el descanso que lleva clamando hace días.

 El problema subyacente es que nos hemos desconectado de nuestras sensaciones. No sabemos interpretarlas.

Porque todos esos padres y madres que no sabemos (ni podemos) escuchar a nuestros hijos la mayor parte de las veces, tampoco nos escuchamos a nosotros mismos; ayer éramos nosotros los niños enviados a la escuela en contra de nuestra voluntad, sin lugar a objeción alguna. Es un problema transgeneracional.
A los profesionales que trabajamos en educación nos pasa lo mismo y por eso cuando una madre nos plantea que deja a su hijo en casa porque siente que lo necesita, no por qué está enfermo, son comunes respuestas como esta:  “pero los niños TIENEN que ir a la escuela. Si por mí fuera, tampoco vendría a trabajar más de una mañana. Y sin embargo vengo, porque es mi obligación. Los niños tienen que aprender que no siempre puede hacer lo que se quiere”

 “Tal vez lo que deberíamos aprender es a escucharnos y a permitirnos ese descanso cuando lo necesitamos. También los adultos.”


Muy probablemente, no sólo nos hagamos un favor a nosotros mismos escuchándonos cuando nuestro cuerpo nos dice que no vayamos a trabajar esa mañana. Posiblemente se lo haríamos también a todas las personas que se van a relacionar con nosotros. Es posible que esa mañana, si soy maestra, tenga menos paciencia con los niños a los que deba acompañar. Es posible que mis intervenciones sean equivocadas o que se genere algún conflicto con algún compañero de trabajo, que olvide algún procedimiento… y eso es válido también para cualquier otra profesión.
Sí, los adultos nos forzamos a ir a trabajar cada día porque es nuestra obligación. Nos auto-convencemos de que eso es lo que hay que hacer y, de la misma manera, aguantamos hasta que nuestro cuerpo nos dice BASTA. Y también nos enfermamos. Es algo que venimos haciendo desde la infancia, lo tenemos bien aprendido.

En vez de tomarnos un día libre de vez en cuando “porque lo necesitamos”,acabamos por tener que tomarnos una semana, o dos meses, o un año (unas anginas, la rotura de una pierna, una depresión) porque nos lo impone la salud.

Y porque lo hemos acordado así: hemos acordado escuchar tan sólo a los síntomas físicos y a desoir los estados internos que preceden a estos. Es grato saber que algunas personas empiezan a tomar conciencia de la importancia de escucharse y de poner la propia felicidad por delante en beneficio de todos, también en el mundo empresarial, un ejemplo de ello es la novedosa propuesta de Txell Costa. ¿Te ha pasado alguna vez que trabajas, trabajas, trabajas y cuando por fin llegan las esperadas vacaciones enfermas? ¿Crees que es una casualidad?
Mi experiencia personal, en relación a mi propia salud y a permitir a mis hijos quedarse en casa cuando no quieren ir al colegio, me demuestran que sólo obtenemos ventajas de esta escucha. Lo más habitual es que al día siguiente de haberse quedado en casa acudan a la escuela tan contentos. O bien han satisfecho esa necesidad creativa, de mero descanso, de necesidad de mimos, o bien identificamos, haciéndonos preguntas, qué puede ser que les esté angustiando en la escuela. Y en ese caso estudiamos estrategias posibles con las que enfrentarnos a dichas situaciones. Mis hijos, al día siguiente, se marchan al cole habiendo cargado las pilas o con un par de recursos extras en la mochila que les dan la seguridad que les estaba faltando.
Creo firmemente que escuchando a mi hijo y permitiendo que falte un día al colegio estoy previniendo que falte una semana entera unos días más tarde. Estoy promoviendo una salud consciente en la que mis hijos sepan identificar y nombrar lo que les pasa en vez de tener que inventarse otra cosa “políticamente correcta”. Mi deseo es que el día de mañana puedan seguir escuchándose y respetando su bienestar y no se pierdan en el río de las necesidades impuestas por nuestra sociedad, que parecen y permanecen incuestionables.
Por supuesto,  permitir que no vayan al colegio no es siempre posible. Lo importante a fin de cuentas no es si se puede o no se puede si no nuestra comprensión interna de la situación. Entender que la manifestación de no querer ir al cole es legítima y ser capaces de reconocérselo a nuestros hijos es ya un paso de gigante que les hará vivir la circunstancia de tener que ir  de una manera diferente. Además, escuchar esa petición debería encender una lucecita interior de alarma y precipitar nuestra mirada atenta en búsqueda de las razones que subyacen a su pedido para, en cuanto nos sea posible, hacer cuanto esté en nuestra mano para responder a su necesidad.
¿Te parece completamente descabellado? ¿Tú qué opinas?
Fotografía 1 de familytreasures. “The Mood”  https://flic.kr/p/965gam
Fotografía 2 de Martin Garrido: “¿Camino a la escuela?”