13 jul. 2017

RELACIONES AFECTIVAS : Cómo mejorar la calidad de nuestros vínculos

Los seres humanos somos seres sociales y necesitamos estar en relación con otros. La soledad resulta ser tóxica. Pero esas relaciones que nos hacen bien no tienen que ver con la cantidad de amigos que tenemos, físicos o virtuales, ni si nuestras agendas están repletas de eventos sociales.
Hace unos días una amiga me compartió una charla TED de un psiquiatra estadounidense, en la que mostraba los resultados de un largo estudio. (Os la dejo abajo).
Robert Waldinger echaba una pregunta al aire: ¿Qué nos mantiene sanos y felices?
La mayoría creían al principio que el dinero, la fama y las posesiones les traerían la felicidad.
Según el estudio realizado durante 75 años, a más de 700 hombres norteamericanos de diversos estatus, la conclusión al final de sus vidas fue que los que tuvieron relaciones más cercanas vivieron más felices y más saludables. La felicidad no tuvo mucho que ver con la fama y lo ricos que hubieran llegado a ser.
Photo credit: Foter.com

Conclusión: Lo que importa de verdad es la calidad de las relaciones más cercanas.

Podríamos tener solo una relación pero si ésta fuera íntima sería suficiente. Sentir que podemos contar con esa otra persona, que nos entiende, que nuestro corazón está abierto, que podemos entregarnos a ella,… es lo que nos saca de ese aislamiento nefasto. Necesitamos sentirnos que existimos para alguien, que nos aman, que somos importantes.
Todo esto nos hace preguntar sobre esa calidad de nuestras relaciones cercanas, que tipo de relaciones recreamos a nuestro alrededor, con nuestra pareja, nuestros hijos, familiares, amigos…

¿Están nuestras relaciones basadas en el respeto mutuo o en el ejercicio de poder? 
¿Tenemos relaciones armónicas que se basen en el entendimiento, en la empatía y en la complacencia mutua?
¿O están basadas en la autoridad y dominio de una de las partes, y son fuente de represión y de sumisión?

Puede que por mucho que te gustaría no encuentras el tipo de vínculo que te haga feliz. Me gustaría profundizar aquí en las relaciones más cercanas como la pareja y los hijos.
¿Sabes que cuando nos emparejamos solemos enamorarnos de algo que el otro nos recuerda de nosotros mismos? Algo que nos pertenece pero que negamos. Es decir, nos completamos con el otro. Lo genial sería que pudiéramos ir integrando en nuestra conciencia aquello que el otro nos trae. Pero cuando el velo del enamoramiento cae, solemos empezar a rechazar las mismas cosas que nos atrajeron. Por eso no entendemos por qué una y otra vez atraemos a personas que nos hacen sufrir o, en el mejor de los casos, sentimos que la relación no acaba de fluir, que se queda estancada y no sabemos como ir más allá, profundizando, limando asperezas, salvando distancias.
Solemos creer que siempre es culpa del otro y nosotros no podemos hacer nada, salvo quejarnos y recriminarle lo que hace o no hace.
Pero no es así de simple.

Atraemos y nos atraen las personas afines a lo que llevamos enterrado en nuestro interior, sin saberlo.

El origen inconsciente de esta tendencia está en nuestra infancia y la relación que teníamos con nuestra madre o la persona que nos cuidó. Ese tipo de relación tendrá mucho que ver con lo que inconscientemente elijamos a lo largo de nuestra vida.

Por eso podemos hacer mucho por cambiar si lo que atraemos no nos satisface.
Puede que nuestra madre fuera fría y distante por lo que en el fondo, aunque anhelemos lo contrario, nos sentiremos cómodos en relaciones donde la distancia emocional sea importante. O puede que el conflicto y la violencia fueran nuestro pan de cada día; si fue así, la lucha nos acompañará como algo familiar y nos sentiremos vibrar en el enfrentamiento. Puede que si fuimos humillados repetidamente sea ese el lugar donde caemos una y otra vez… Simplemente porque es lo que vivimos en infancia. Todo aquello que nos pasó cuando fuimos niños en el regazo de nuestra madre, es lo más parecido al amor que conocemos y para nosotros, en el fondo, tiene cierta calidez.
Es bastante común que esa relación de nuestra infancia estuviera basada en la represión y el dominio del adulto sobre el niño, por lo que con toda probabilidad perpetuaremos ese tipo de relación de dominio o sumisión con los menores. A menos que pongamos conciencia, empaticemos con el niñ@ que fuimos, podamos indignarnos con la injusticia vivida y resurjamos desde otro punto para poder sentir al otro, sea nuestra pareja o nuestros propios hijos.

Lo que biológicamente está establecido para regular las relaciones humanas es la empatía, que se desarrollaría de forma natural en todos los niños si los adultos a cargo también fueran empáticos con ellos.

Pero en la mayoría de los casos no hemos sido niños respetados, comprendidos, ni acompañados.
La crueldad nos despierta el instinto de supervivencia y atrofia todo lo que no tenga que ver con nuestra propia comodidad y bienestar.
Por eso necesitamos hacer un trabajo personal para poder empatizar con nuestros hijos. En automático es más que probable que nos surja el dominio y la represión sobre ellos, aunque sea sutilmente y nos cueste verlo y aceptarlo.
Necesitamos conectar primero con un@ mism@, con todos los viejos sentimientos de frustración reprimidos. Es imprescindible a mi parecer establecer contacto con el niñ@ que fuimos y con todo lo que le pasó como primer paso.
Por ejemplo, tod@s estamos de acuerdo en que tenemos que trabajar. Socialmente está admitido que los niños tienen que adaptarse a esta realidad. Deben levantarse pronto, ir a la guardería o al colegio, quedarse a comer en el comedor, deben retrasar la hora de llegada a casa con interminables extraescolares porque nosotr@s no podemos ir a recogerlos… las propias dificultades por causa de nuestro trabajo se trasladan al niño.
Esa rutina del día a día implica frustraciones para la criatura, esa misma rutina, ‘hay que ir a trabajar’, socava la empatía. La frustración, la represión se instauran de manera rutinaria. Cuando lo consideramos algo normal se pierde esa capacidad de ver lo que le pasa al niño con eso y se impone la frustración y la represión.
Si tan solo fuéramos capaces de sentir al niño y lo que le pasa, comprender, regalarle palabras que le hagan notar que estamos con él o ella y no en contra, el niño podría entender y nosotr@s podríamos encontrar maneras de compensar ese sacrificio.

No es verdad que la obligación de los niños es ir a la escuela y es equiparable a un trabajo. Originalmente la cría de ser humano durante la infancia sólo necesitaba jugar para desarrollarse y convertirse en un joven sano, inteligente y capaz. No son tan importantes todos los conocimientos que queremos que asimilen como que emocionalmente crezcan saludables.

Está bien que vayan a la escuela y estén separados de nosotr@s casi todo el día, es la realidad con la que nos toca vivir. Pero cuando nos reencontremos, al final del día, podremos hacer que esas horas compensen todo lo demás creando una relación de cercanía, comprensión y conexión con ell@s.
¿Cómo hacerlo con lo estresad@s que acabamos y con todos los ‘deberías’ que aún quedan (duchas, deberes, cena,…)?. Podríamos empezar priorizando, delegando si se puede y bajando exigencias. Todo es posible si lo intentamos.
Y luego nos daremos cuenta que no hay nada más importante que regalarnos tiempo de conexión con nuestros seres queridos.
Montse Mulet
Terapeuta de Biografía Humana en www.enelpalco.com


Aquí os dejo el enlace a la charla TED: