12 feb. 2011

La represión del deseo materno

La espiral de la carencia
Vivimos en un sistema cuyo fin primero y último es la acumulación de patrimonios, la reproducción ampliada de capital, a costa y por encima del bienestar de las personas.Para que este sistema de acumulación de patrimonios funcione es necesario “desposeer”, o dicho de otro modo, transformar la abundancia primaria/originaria en carencia, de manera que propiedad patrimonial o privada y carencia son dos elementos que se necesitan y refuerzan mutuamente. Esto es así aunque a menudo pueda parecer lo contrario, es decir, que es la propiedad, la posesión de personas y cosas la que nos salva de la carencia. Si decimos que la carencia no es originaria, sino organizada, es porque existen mecanismos sociales de imposición y reproducción de la misma: la represión del deseo materno que posibilita la represión del deseo de las criaturas.

El útero y la represión de la sexualidad de la mujer.
El útero es el centro del esqueleto erótico de la mujer y es un órgano vital en la producción de placer. Según Master y Johnson, las contracciones rítmicas de las fibras uterinas son elemento esencial del orgasmo. De hecho, Merelo-Barberá ha recogido casos de partos “orgásmicos” menos inusuales de lo que podría parecer, es decir, partos vividos con un placer próximo o similar al del orgasmo. Que normalmente esto no sea así, es consecuencia de la rigidez de nuestros úteros.

Porque el útero como fuente de placer ha sido borrado de nuestra conciencia (dicho de otro modo, se rompe la unidad psicosomática entre conciencia y útero), a través de una represión milenaria, represión que tiene como objetivo fundamental el control de la capacidad reproductora de la mujer. Otras de las consecuencias de este hecho han sido y vienen siendo, además de la rigidez uterina, las menstruaciones y partos con dolor, y en general, la pérdida de control y conocimiento sobre nuestro propio cuerpo y sexualidad, que vivimos como extrañas.

Podríamos decir que la sexualidad femenina tiene una doble orientación: por un lado, la sexualidad “coital” o adulta; por otro, la sexualidad “materno-infantil”, orientada hacia las criaturas durante el embarazo, parto y crianza de las mismas. Si bien estos dos aspectos de la sexualidad no pueden separarse ni etiquetarse, lo hacemos a efectos de comprender como nuestra sexualidad ha sido destruida y masculinizada a lo largo de los siglos (sexualidad falocéntrica), tanto mediante la violencia externa (lapidaciones, extirpación del clítoris, infibulación, cepo para los pies de las niñas chinas, hoguera para las viudas en la India... forman parte del “plan general” de sometimiento de la mujer), cuando era necesario, como mediante la violencia interna (interiorización de la represión).

Esta represión no es casual ni inocente, sino que es condición necesaria para mantener un sistema de acumulación de riquezas, de realización de patrimonios que requiere de herederos para el mantenimiento de dichos patrimonios, y de desheredad@s para producir al servicio de los primeros.

Pero las cosas no siempre han sido así. En el mismo Génesis (tras la expulsión del “paraíso” se nos advierte: parirás con dolor / ganarás el pan con el sudor de tu frente), se nos emplaza a otras épocas en las que ni se paría con dolor ni era necesario trabajar al servicio de nadie para sobrevivir.


Antes del Patriarcado.
Frente al orden patriarcal en que vivimos, han existido otras formas de organización social, a las que se les suele conocer como matriarcados, por ejemplo las sociedades matrifocales o ginecofocales. La imposición generalizada del patriarcado se suele situar en torno al 3.000 ac., aunque esta tendría lugar de manera escalonada, en distintos momentos en los distintos territorios, y con diversos grados de violencia y resistencia ante dicha imposición.

De cualquier manera, se hace necesario indagar en nuestros orígenes para entender y combatir que la supuesta inferioridad de la mujer que lleva implícito el discurso patriarcal, que no es sino una justificación de sí mismo (el poder siempre pretende perpetuarse). De manera esquemática, he separado algunos de los aspectos más relevantes de uno y otro tipo de sociedad como sigue:

Sociedades patriarcales:

1-Existe la identidad individual (“yo”), otorgada por la filiación vía paterna (L@s hij@s reciben el apellido del padre y es por este que adquieren prestigio y/o reconocimiento social).

2-El núcleo base de estas sociedades es la familia nuclear fundada a partir del matrimonio (como contrato mercantil por el que un hombre-padre vende a su hija a otro hombre-esposo, o como culminación del amor libremente elegido entre dos personas, poco importa: son cambios más formales que otra cosa, adaptaciones a los tiempos que cambian, mientras la sustancia permanece: la mujer como propiedad del hombre).

3-La función última de estas formas de organización social es la acumulación de patrimonios; así, los de arriba necesitan de una mujer-propiedad que le proporcione herederos que mantengan dichos patrimonios, mientras que los de abajo necesitan una mujer-propiedad que los cuide y alimente, proporcionando de esta manera más “desheredados” que trabajen para llenar las arcas de los de arriba y mantener el sistema productivo.

4-la dominación de la mujer para tales fines pasa por un sometimiento “en cuerpo y mente”: destruyendo y controlando su sexualidad, y haciéndonos crecer en la convicción de nuestra inferioridad e incapacidad “natural” para los aspectos que caen fuera del ámbito doméstico-privado.

5-como continuación de lo anterior, se elimina la sexualidad materno-infantil, simplemente negándola o satanizándola mediante el tabú del incesto. La consecuencia directa de la represión de la sexualidad madre-criatura es la privación que sienten estas del deseo de fundirse con la madre, siendo socializadas no mediante la satisfacción de los deseos, sino en la espiral de la carencia y el miedo a carecer. De esta manera, se rompe también la alianza entre madre y criatura, y la madre pasa a convertirse en una impostora (Victoria Sau), en una madre patriarcal al servicio del poder-autoridad que representa el orden del padre.

6-la sexualidad de la mujer se sitúa exclusivamente en el clítoris o la vagina, nunca en el útero. El útero es borrado de nuestro conciencia como fuente de placer; de ahí los partos con dolor, convertidos en una cuestión de salud en manos de la Medicina-Poder.

Sociedades matrifocales o ginecofocales:

1-no existe la identidad individual sino grupal (“nosotr@s”).

2-la sociedad se organiza en torno a dichos grupos formados por varias generaciones de mujeres con sus respectivas criaturas. Los hijos varones se apartan del grupo para aparearse con mujeres de otros grupos, pero nunca para formar familia, y siempre vuelven al núcleo inicial donde crecieron. No se produce por tanto el desarraigo de la mujer que en las sociedades patriarcales suele abandonar su ámbito familiar para ir donde el marido.

3-la función que justifica y da sentido a tal forma de organización no es la acumulación de patrimonios, con la consecuente explotación de los seres humanos y la naturaleza, sino el mantenimiento y protección de la vida, proporcionando bienestar. No extraña entonces que mujeres de distintas edades se unan para poner en común su experiencia como “dadoras de vida”, ni que los hijos nacidos en tales circunstancias participen de adultos junto con sus hermanas en el cuidado y bienestar de las nuevas criaturas de éstas, dando simplemente lo que recibieron de pequeños.

4-la sexualidad materno-infantil no se reprime, sino que goza de total respeto, lo que da lugar a una socialización de las criaturas mediante la satisfacción de los deseos. Sin miedo a carecer, las criaturas crecen ajenas a la necesidad de poseer para exorcizar ese miedo.

5-la fusión madre-criatura da lugar a una maternidad entrañable atenta a satisfacer los deseos de las criaturas, creando una suerte de alianza que impide a la madre consentir el sufrimiento de la criatura y el sometimiento de amb@s al poder.

6-el útero aparece como parte fundamental en la producción de placer para la mujer: el parto en sí se convierte en un acto placentero de manera similar a lo que sucede con el acto sexual “coital” entre adult@s.

Casilda Rodigañez y Ana Cachafeiro