5 oct. 2012

Todos hemos padecido abusos

Laura Gutman es terapeuta familiar y escritora. Lleva publicados varios libros sobre maternidad, paternidad, vínculos primarios, desamparo emocional, adicciones y violencia. Es creadora de la metodología de la construcción de la biografía humana, que consiste en un conjunto de herramientas de indagación personal terapéutica. El texto que sigue es la síntesis de una entrevista mantenida con La Voz del Interior vía e-mail.


–¿Podemos llegar a liberarnos de los personajes que aprendimos desde pequeños para sobrellevar situaciones de vida que percibimos como peligrosas, o sólo podemos aprender a convivir con ellos?

–Antes de pretender liberarse de algún personaje, necesitamos saber que existe. Precisamos reconocer qué situaciones nos han dado refugio durante la infancia, y qué circunstancias o en qué tipo de vínculos encontramos seguridad. Luego, podremos comprender (cuando devenimos adultos) cómo buscamos amparo emocional en situaciones similares.

–¿El trabajo de construcción de la biografía personal como metodología de conocimiento personal ayuda a liberarse de esos condicionamientos o permite hacerlos conscientes y sobrellevarlos en forma más liviana?

–Fui sistematizando la metodología de la construcción de la biografía humana durante muchos años y tiene alcances diversos, según cada individuo. En principio, conocerse más y ser responsables de todo lo que generamos ya es un paso importante; si no, sólo nos interesa nuestro propio confort afectivo en vez de importarnos el confort de los demás. A veces sufrimos por el motivo que sea, y hacemos consultas con un profesional para mitigar ese dolor. La metodología de construcción de la biografía humana no pone el acento en “sentirnos bien” solamente, sino también en registrar si estamos haciendo daño a otra persona, ya sean nuestros hijos, nuestra pareja, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo. Conocerse más significa también comprender por qué actuamos como actuamos y por qué a veces herimos a quienes más queremos. El acceso a la propia biografía humana nos permite ver ese panorama completo. Luego, cada individuo toma sus propias decisiones.

–¿Por qué es tan fuerte el poder del discurso materno?

–Cuando somos niños dependemos de las palabras dichas por el adulto maternante (que generalmente es la madre) y del punto de vista de ese adulto que nos mostraba el mundo. Por supuesto, que el poder de las palabras y el impacto sobre el niño es enorme. En ese sentido, los adultos somos responsables por las palabras hirientes, los prejuicios, las amenazas y los puntos de vista cargados de dolor que transmitimos a los niños como si fueran la verdad universal.

–¿Hasta qué punto ocuparse de la crianza y del cuidado de los hijos es un hecho político?

–Pienso que los cambios verdaderos suceden en el seno de las relaciones íntimas. Si quienes somos adultos hoy pudiéramos revisar nuestras historias infantiles, entrar en contacto con los niveles de desamparo, abuso, abandono o soledad sufridos durante nuestras infancias y reconocer las incapacidades que tenemos hoy a la hora de cuidar y cobijar a los niños, es posible que algunos cambios empezarían a suceder. Eso a gran escala es un hecho político, aunque el cambio sea invisible en cada hogar.

–¿Cómo podemos reconocer si hemos sufrido de abuso emocional materno desde niños?

–En nuestra civilización prácticamente todos hemos padecido abusos en diferentes grados siendo niños. No hay que reconocer gran cosa, ya que convivimos con el maltrato hacia los niños, la represión de sus pulsos vitales, el desconocimiento absoluto de sus necesidades genuinas y la absurda pretensión de que los niños colmen y satisfagan nuestras necesidades o deseos. Que tomemos como algo común y corriente que los niños se adapten a nuestros horarios; que duerman solos, aterrados; que se porten bien porque los adultos necesitamos descansar o no ser molestados; que vayan al colegio que hemos elegido pero que a ellos los hace sufrir; que tengan que adaptarse a nuestra vida de adultos; que tengan que quedarse quietos; que estén preocupados por nuestras preocupaciones; que sean rehenes de las peleas entre adultos… En fin, si miramos nuestra vida cotidiana, prácticamente todos los niños están adaptándose a los adultos en lugar de que los adultos nos adaptemos a los niños. Eso se llama abuso. Luego están también los abusos sexuales, los abusos de poder, los castigos, las amenazas, el abandono… todas formas de abuso de individuos más poderosos (adultos) sobre los más débiles (los niños).

–¿Por qué cree que en muchas familias se instaura un sistema de mentiras y pactos de silencio abrumadores?

–Esto es tan viejo como el patriarcado, una civilización con un sistema de dominación que está instaurado en casi todo el mundo desde hace varios milenios. Que quienes tienen más poder retengan la información con relación a los más débiles es una estrategia de dominación. Eso es lo que hacemos los adultos respecto de los niños.

–¿Las madres han anestesiado su instinto de apego?

–Lo que hemos anestesiado son nuestros cuerpos, nuestros pulsos vitales, nuestra libido. Luego, alejadas de nuestros instintos, nos sometemos a prácticas de parto desgarradoras. Heridas y lastimadas, una vez que la criatura ha nacido, las mujeres sólo queremos escapar de esa prisión, lógicamente. En esas condiciones, el apego instintivo hacia la criatura no se despliega. Que las madres no sintamos apego hacia la cría es un desastre ecológico. Y así anda el mundo.

–¿Cree que maternar y trabajar son compatibles?

–El trabajo puede quitarnos tiempo, pero no nos quita la capacidad de vincularnos afectivamente con nadie. Cuando las madres nos amparamos detrás de la idea de que “nos gustaría” ocuparnos de nuestros hijos pero “no podemos” porque trabajamos, simplemente es mentira. No nos vinculamos porque la cercanía emocional nos duele. Porque estamos vacías, necesitadas o rabiosas desde tiempos remotos. Para maternar a un niño, necesitamos reconocer el vacío emocional del que provenimos y luego tomar la decisión consciente de ofrecerle al niño lo que nosotras no obtuvimos. Y eso no tiene nada que ver con trabajar o no.

–¿Por qué vincula la carencia del maternaje con la violencia?

–El niño llega al mundo dependiente de cuidados maternos y deseoso de ser amado. Si no recibe el cobijo, el cuerpo caliente, la protección, el movimiento corporal, la leche materna, el amor, la disponibilidad y la presencia que espera, simplemente se siente mal. Siente que su entorno es hostil. Por otra parte, no puede satisfacerse por sus propios medios. A medida que va creciendo, cada niño reacciona de modos diferentes contra esa hostilidad. Las diversas dinámicas o modalidades de reacción están bien descriptas en mi libro Adicciones y violencias invisibles y en mis libros publicados con posterioridad.

–¿Por qué cree que muchas mujeres no encuentran su identidad en la maternidad?

–La identidad es un rol social. Si la maternidad no está valorada socialmente, ¿por qué las mujeres encontrarían su identidad en un accionar invisible? Es más lógico buscar identidad donde podamos ser valoradas: generalmente en el trabajo o en cualquier ámbito público.

–¿Cómo la marcó su experiencia de madre en el exilio cuando vivió en Francia en esto de trabajar para que la mujer no se sienta aislada?

–Mi exilio fue una cosa penosa. Tuve a mis dos primeros hijos en Francia. Ahora, muchos años más tarde, encuentro el sentido profundo de esos padecimientos y por eso trato de darles un marco trascendental. Quiero decir, a favor del prójimo.

–¿Qué aprendió de sus hijos?
–La dimensión del amor.

Perfil
Laura Gutman es escritora y especialista en temas de conducta humana. Lleva publicados siete libros. A fines de septiembre sale a la venta el octavo, Amor o dominación: los estragos del patriarcado.