11 sept. 2014

El acceso a nuestra verdadera experiencia infantil

Los adultos funcionamos con nuestras necesidades infantiles insatisfechas.  Si no hay permanentemente alguien colmándonos de cuidado, simplemente el mundo nos resulta hostil. Conformamos un ejército de personas grandes que hemos quedado emocionalmente fijados en la inmadurez de la época en que fuimos niños pequeños, y como tales seguimos esperando la atención que no hemos recibido cuando efectivamente dependíamos del cuidado y la consideración de los mayores.

Todos nosotros hemos vivido niveles de desamparo muy importantes durante nuestra primera infancia. Luego nos pasamos la vida adulta queriendo resarcirnos reclamando nuestro derecho a ser amados. Pero no nos damos cuenta.

Pasa que vivimos engañados. O dicho de otro modo: nuestra organización psíquica logró sobrevivir al desamparo tomando como cierto aquello que nuestra madre (o padre o abuelo o persona con la cual nos hemos identificado) ha dicho en aquel entonces. Cuando fuimos niños, hemos tomado como única verdad, esa lente. Por lo tanto aquello que recordamos relativo a nuestra infancia, es altamente probable que no haya acontecido así, (para nuestro registro interno, emocional, afectivo, perceptivo o como lo queramos llamar). En todos los casos, nuestra infancia ha sido mucho más carente -en términos de satisfacción de necesidades básicas afectivas- que lo que podemos imaginar.

Esto es tan usual que en el transcurso de un buen sistema de indagación personal, aparece el verdadero nivel de desamparo infantil. Hacia allí debemos apuntar en primer lugar. Pienso que es imprescindible que cualquier individuo adulto -si desea comprenderse- tenga acceso a aquello que vivió desde su nacimiento y durante toda su infancia, para comprender qué herramientas utilizó para su supervivencia emocional. Una vez que vislumbre el nivel de carencia, podrá revisar qué ventajas aún conserva y qué desventajas aparecen durante su vida adulta si continúa peleando por su supervivencia como si aún fuera un niño pequeño. Justamente, todo lo que hacemos, pensamos, opinamos, defendemos o decidimos está teñido por ese accionar infantil o –dicho de otro modo- por el mismo mecanismo de defensa o de supervivencia con el que hemos vivido hasta hoy. Si pretendemos comprendernos más o si queremos “solucionar nuestros problemas” tendremos que revisar si las estrategias desplegadas en el presente están actualizadas, o si son meras reproducciones de miedos pertenecientes a nuestra niñez.

Laura Gutman