14 jun. 2017

ADICCIONES : ¿Es suficiente con tener fuerza de voluntad?

Las adicciones mueven una industria colosal. Tanto podemos hablar de drogas duras como el tabaco, el alcohol, la cocaína, el cannabis, la heroína… como otro tipo de sustancias o conductas que no por parecer más inofensivas tienen menos poder sobre nosotros, como el azúcar blanco, la televisión, el móvil, internet, el juego, el trabajo, el sexo, la comida basura…Vivimos en una sociedad repleta de estímulos y posibilidades de distracción.
Solemos castigar duramente al adicto cuando en realidad todos, en mayor o menor medida, somos adictos.
Photo credit: Showbits via Foter.com / CC BY-ND
Muchos de nosotros, al mínimo malestar, buscamos cualquier sustancia, actividad o relación para calmarnos. Sin llegar a identificar por qué necesitamos incorporar aquello que nos alivia. Hasta que llegamos a un punto donde ya no podemos prescindir de ello. Es allí donde muchas veces nos damos cuenda de que la adicción ha tomado el poder, si no se han percatado de ello mucho antes nuestros allegados.

Preguntémonos ¿Qué es lo que compensa o alivia la sustancia o actividad adictiva? ¿Qué es lo que no queremos sentir? ¿De qué estamos huyendo? ¿Qué estamos tapando?

Tachamos a la persona adicta de tener una voluntad débil, de ser egoísta, de estar enferma. Sobre todo cuando hablamos de adicciones prohibidas. Y en verdad he conocido a pocos adictos que no quisieran dejarlo y liberarse de su esclavitud.
¿Pero has experimentado como te sientes cuando no te tomas el café de la mañana, cuando te dejas olvidado el móvil en casa, o simplemente cuando tu pareja mira de reojo a otr@? Esa sensación de desespero es muy parecida a la que tiene cualquier adicto cuando deja de incorporar la sustancia adictiva.
Recuerdo que mi padre cuando yo tendría unos once años intentó dejar de fumar. Era un empedernido fumador, que rozaba las tres cajetillas diarias. Aliada con mamá, hacía tiempo que le dábamos la vara presionándole para que lo dejara. Yo me entusiasmé mucho con su decisión, primero porque quería a mi padre y temía por su salud, y segundo porque detestaba el humo del tabaco, sobre todo cuando viajábamos en el coche.
Fueron apenas 3 meses, pero estaba convencida de que la batalla estaba ganada. El día que volví a verle con un cigarrillo en la boca, furiosa con él, me encerré en mi habitación y lloré amargamente. No podía entender como un hombre que parecía tan fuerte, duro, invencible, no fuera capaz de erradicar un vicio tan simple. Sentí que ese vicio era más importante para él que su propia familia. Estaba muy decepcionada y le culpé duramente por su flaqueza.

Años después, ya en plena adolescencia, entendí que no era tan simple. Yo también me convertí en fumadora, como todos mis amigos, pensando que tenía el poder de dejarlo cuando se me antojara. Hasta que una noche me quedé sin cigarrillos y sentí que me moría. Estaba enganchada. Intenté dejarlo en muchas ocasiones, pero tendrían que pasar unos cuantos años más hasta que lograra dejarlo definitivamente. Cada vez que lo intentaba pasaba días de ansiedad y angustia. El vacío que sentía cuando tenía el ‘mono’, era de pura desesperación. Y culpé a la sustancia, que en esos momentos juzgué que era la causante.

Hasta que me di cuenta que había substituido el cigarrillo por el azúcar. Poco a poco fui descubriendo que tenía otra clase de adicciones de las que no era consciente, la tele, el móvil, el chocolate, la cafeína… Cuando intentaba prescindir de algo tan sencillo como dejar de tomar postre, sentía la misma desesperación. Hasta en mis relaciones íntimas me apegaba tanto que, aunque fueran desastrosas, no podía dejarlas.

Hay algo en el hecho de incorporar, sea lo que sea, que nos calma.

Nos dicen que para combatir una adicción debemos entrenar nuestra voluntad. A algunos les puede ir bien, no lo dudo. Pero a muchos otros con la voluntad no nos basta. ¿Somos más débiles de carácter?¿O dependerá de las carencias emocionales de nuestra infancia y del personaje que nos hayamos calzado? No es lo mismo alguien que se vista con el traje del hiper-responsable que otro que lleve el de ‘soy una calamidad’.
Leí una vez una entrevista a un psiquiatra que decía que para combatir las adicciones en los jóvenes, lo primero que debíamos hacer los padres era ponerles límites desde pequeños a los niños. Lo siento, pero discrepo con eso. Conozco gran cantidad de adultos con padres verdaderamente sargentos, que siguen necesitando compensar con adicciones a diversas sustancias. No creo que por más límites que nos pongan en infancia seamos menos adictos.

Lo que me resulta obvio es que si cuando somos niños hay un adulto cercano, accesible emocionalmente, que nos sienta, nos comprenda y nos ame, nuestro agujero como mínimo no será tan vasto.

La adicción es una señal de que necesitamos colmarnos y calmarnos, ¿por qué? Sencillamente porque sentimos un vacío, una carencia, una incapacidad, miedo, nos sentimos solos, tristes, confusos, fracasados, desesperados, culpables ¿de donde salen esos sentimientos? Pueden despertarlos situaciones actuales pero nos remiten a la falta de comprensión y de amparo en nuestra infancia. Por eso por más que incorporemos nada llega a satisfacernos. Necesitamos comprender que ese hambre no es actual, no tiene que ver con el adulto que somos ahora, sino con el niño que un día fuimos y que tan siquiera recordamos.
Photo credit: Rafa Machado Photography via Foter.com / CC BY
La adicción: una compensación o un analgésico para aliviar un dolor psíquico, del corazón, prisioneros de una necesidad infantil no satisfecha.

En este texto de Laura Gutman nos acerca a esta misma idea:

Reconozcamos que la adicción no se combate. No es posible luchar en contra de una necesidad primaria. Y toda adicción, es decir, toda incorporación desesperada de madre, busca resarcirse. Por lo tanto sería muy necio, además de habernos quedado sin mamá, quedarnos sin cigarrillo o sin alcohol.
Por eso, toda adicción necesita ser comprendida. Hoy es posible sanarnos a través de una conciencia plena de nuestra realidad emocional. Luego nos corresponde asumir que lo más devastador de los mecanismos adictivos no son las sustancias con las cuales buscamos calmarnos; sino que vivimos tan preocupados por llenar nuestro vacío existencial que no estaremos dispuestos a atender necesidades ajenas. Tenemos hambre. Queremos comer el primer plato de comida que aparezca. No hay lugar en nuestro corazón para compartir nutrientes. En este punto, los adictos somos egoístas, porque creeremos que nuestras necesidades tienen prioridad por sobre los deseos o necesidades de los demás.
Por lo tanto, si nos importa comprender nuestras adicciones, intentemos nutrirnos a nosotros mismos reemplazando las carencias pasadas por relaciones afectivas basadas en el interés mutuo. Y estemos atentos a todo aquello que piden los demás, especialmente si tenemos a nuestro cargo niños pequeños. Si somos capaces de nutrir y dar prioridad a los otros, habremos superado toda adicción.”
La conducta compulsiva es la punta del iceberg: debajo hay oculta una falta, una fragilidad. La adicción opera como paliativo de ese dolor oculto.
Por eso si pensamos en erradicar una adicción, primero necesitaremos encontrar algo que nos calme, podemos empezar por tomar conciencia de lo que nos pasó,-eso mitigará las ansias irrefrenables-, para luego ser capaces de dejar de mirar nuestra hambre y saciar la de los demás.

Cuanto menos inconsciente sea lo que nos empuja a la adicción menos fuerza tendrá ésta.

¿Has intentado alguna vez dejar de hacer algo y te has dado cuenta de que no puedes prescindir de ello? ¿Eres de los afortunados que les basta con su fuerza de voluntad o has perdido la batalla alguna que otra vez?
Montse
Terapeuta de Biografía Humana en  www.enelpalco.com
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