5 jul. 2017

¿Es necesario decir siempre toda la verdad a los niños?

¿Alguna vez te has preguntado qué debemos decir a los niños y qué es mejor ocultar? Para mí decirles o no toda la verdad ha sido un tema al que he dado muchas vueltas y que me gustaría compartir contigo.

Es común que en las relaciones cotidianas a menudo utilicemos -unos más, otros menos- la manipulación de la verdad, para establecer nuestro punto de vista como prioritario. La historia nos ha enseñado que en todo conflicto o batalla es importante esta táctica. Esconder a toda costa nuestros movimientos puede ser el detonante de la victoria. Sabemos que tener información que el otro desconoce nos da ventaja.
Photo credit: Hernan Piñera via Foter.com / CC BY-SA

En lo cotidiano, ser dueño de la verdad puede ser una forma fácil de manipular a los demás, seamos o no conscientes de ello. Nos hace tener la sartén por el mango y tener, de antemano, las batallas ganadas.
Con los niños este tema está generalizado y sobradamente justificado. Con la buena intención de no hacerles sufrir y dejarlos al margen de lo que nos preocupa, creemos mantenerles a salvo. Solemos pensar:
Es demasiado pequeño para entender… Si no se entera no puede hacerle ningún daño … No le incumbe … Es mejor maquillar la verdad o simplemente evitarla para no angustiarle … Es mejor una mentira piadosa que una realidad demasiado cruda…
Así es como pocas veces les decimos, con palabras que entiendan, la verdad de lo que nos pasa, lo que vamos a hacer, donde vamos a ir. Como si eso no fuera con ellos, desconsiderando que nos sienten como parte de ellos. Cuanto más pequeño es nuestro hijo, su universo más se limita a nosotr@s.
Nos olvidamos de informarles de adonde les llevamos, con quien van a estar, qué les va a pasar, qué les está pasando…. Omitimos todo tipo de información valiosa o les contamos cualquier cuento que ellos, ilusos, creen sin cuestionar sus propias percepciones, confiando ciegamente en nosotr@s.

A menudo, no sabemos que esa información es básica para su organización psíquica.

Esa fantasía de que los niños ‘no necesitan saber’ crea una distancia del niño con su historia, con su ‘verdad’, que tarde o temprano necesitará salvar. Eso que le pasa al niño o a su entorno, él lo percibe. Sí o sí, se lo cuentes o no.
En cambio, cuando tú le pones palabras a eso que pasa, le colocas un estante con un nombre donde su psique podrá ordenar ese acontecimiento. No es lo mismo decirle a un niño cuando tiene una pataleta en el súper: ‘-Eres un niño malcriado y caprichoso‘- que decirle: ‘-Se que estas cansado y que preferirías estar en un lugar más tranquilo, donde pudiera darte toda mi atención.‘ Esa verdad le brinda comprensión y confianza. Y eso calma, pacifica; da estructura.

Imagina una sopa de letras: vistas en sí, las letras sueltas son caóticas, no tienen sentido. Pero si se ordenan y forman una palabra, la cosa cambia y podemos recordarlas. Con la conciencia pasa lo mismo. Aquellas vivencias que no tienen nombre no las podemos organizar.

Con las mentiras es igual, porque resulta que lo que se nombra no tiene nada que ver con lo que siente el niño. Es como si la imagen que vemos en la pantalla de una televisión no coincidiera con el audio. O como si la palabra dicha no estuviera en la sopa de letras. Se crea una terrible confusión.
A veces me pregunto si hay un objetivo oculto, una confabulación misteriosa, detrás de ciertos montajes colectivos de los que somos partícipes los adultos, dejando afuera a los niños, apelando a su necesidad de vivir su inocencia. No es de extrañar que después, en cuanto empiecen a darse cuenta del poder que otorga ser dueño de la verdad, empiecen a tratar de ocultarnos información ellos también…

Sin ir más lejos me gustaría compartir contigo una anécdota respecto a las mentiras ‘bienintencionadas’, esas que decimos con la excusa de hacer aflorar la imaginación y avivar la ilusión de los niños.

Fue una experiencia dispar con mis dos hijas respecto al tema Reyes Magos, Ratoncito Perez, Papá Noel…. Siendo madre primeriza, no se me ocurrió cuestionar nada de lo establecido. Infantilmente, me dejé llevar por la voz del conjunto (abuelos, tíos y otros padres en general). No cabía otra cosa, estaba arraigado, era lo que había vivido en mi propia infancia y ni me planteé otra cosa que no fuera seguir la corriente. Así perpetuamos la gran trama y, la verdad, disfrutamos de lo lindo viendo los ojos de mi pequeña brillando de ilusión cuando se acercaban las navidades o se le movía un diente de leche.
Una punzada de culpabilidad en mi interior me decía que algún día tendría que saber la verdad. Pero me tranquilizaba pensando que ese día tardaría, y nunca imaginé que podría ser tan sobrecogedor como en realidad fue.
Ese día llegó, de imprevisto, a sus 8 años, sin que pudiéramos prepararnos. Estaba yo cocinando y ella revolviendo en los armarios, buscando tesoros escondidos en su imaginación.

Así fue como encontró, en lo más alto de un estante, enterrada por la ropa que ya no usaba nunca, la cajita secreta. Esa donde iba guardando los dientes de leche que ella ofrecía, cuidadosamente envueltos debajo de su almohada, al Ratoncito Pérez.

Todavía no me explico como alcanzó a llegar hasta allí. Bajó las escaleras iracunda y me preguntó directamente, con su mirada incisiva atravesándome:
-¿¿¿EL RATONCITO PÉREZ EXISTE???
Me sentí atrapada. Ante una pregunta tan sincera y viendo la caja en sus manos, no tuve otra que dejar lo que estaba haciendo y explicarle, todo lo suave que pude, el complot.
-¿¿¡¡ME HABÉIS ESTADO MINTIENDO TODA LA VIDA!!??
Pasó una tarde muy enojada. Se iba, se calmaba un poco, volvía de nuevo bombardeándome:
-¿Y los Reyes Magos también son mentira?… ¿y Papá Noel?
Cayó todo el telón. En unas horas, mi hija había dejado atrás su ‘inocencia’. O su ignorancia. Supongo que otra persona le quitaría leña al asunto y hasta podría hacerle gracia, pero esa indignación que mostraba mi hija conectó con algo dentro de mí. Reviví un sentimiento crudo de mi infancia, donde me sentí traicionada por mi madre, que usaba el engaño o, el encubrimiento de la verdad para manipularme continuamente.

Esta situación me ayudó a conectar con el desencanto vivido antaño, cuando empecé a ser consciente de los engaños de mi propia madre.

Mi hija se sentía profundamente traicionada por las personas que más quería y eso, para mí, no era moco de pavo. Le di cabida a sus emociones y le prometí que nunca más le mentiría.
-¡¡¡NUNCA MÁS VOLVERÉ A CONFIAR EN TI!!!
Estas palabras me atravesaron como hierro candente. Nunca más me tomaría a la ligera una mentira ‘bienintencionada’.
Entre todo este trance, su hermana pequeña iba observando sin interferir, como si no se enterara de que iba la cosa.
Más tarde, cuando pude hablarlo con calma con mi compañero, le comenté lo impactada que estaba por cómo se lo había tomado la niña. En realidad sentía que tenía toda la razón de enojarse de esta manera. Yo sabía a la perfección cuanto sufres cuando una persona, en la que confías ciegamente, te engaña con descaro. Nos planteamos hacerlo diferente con la menor.

¿Y si se lo contábamos desde pequeña? ¿Qué pasaría si le decíamos la verdad? ¿Y si le confesábamos que era un juego donde los mayores inventábamos unos personajes mágicos que le traían regalos?

Así lo hicimos. Mi hija pequeña sabe, desde sus 4 años, que somos los papás los que dejamos el regalito debajo de la almohada o debajo del árbol de Navidad.
Lo más curioso de la historia es que ha vivido con la misma intensidad la ilusión y la emoción de estos momentos, entrando en el juego, escribiendo por iniciativa propia las cartas a los Reyes Magos… preparando la bienvenida de Papá Noel con comida para él y sus renos… escribiendo notas de agradecimiento para el Ratoncito Pérez….
Aunque parezca increíble, tiene ahora 10 años y ¡¡sigue haciéndolo con la misma ilusión!!
Esta experiencia me enseñó que la sinceridad nunca mata la ilusión o la magia, como vaticinaban muchos. Los niños desbordan fantasía para imaginar lo que sea. Ella simplemente construyó sus fantasías encima de una verdad que nunca iba a quebrarse. Entonces, me pregunto:

¿Para qué necesitamos mentirles? ¿De verdad es inevitable?

La decisión fue arriesgada pero me alegro de haberlo hecho. Siento que fui fiel a un antiguo sentimiento que desde mi interior chirriaba y que era fruto de una profunda herida.
Nos solemos quejar si nuestros hijos nos mienten o si no nos cuentan nada, cosa que a medida que crecen nos preocupa más. Pero somos nosotros, los adultos, a los que nos corresponde entablar un puente para que ellos sepan que pueden confiar en nuestra sinceridad. Así también ellos se atreverán a contarnos, en su momento, lo que les pase.
Yo dejé muy pronto de confiar en mi madre. Jamás se me ocurrió contarle sobre mis asuntos, omitiendo o directamente mintiéndole. Siempre me sentí muy sola e incomprendida. Ciertamente, no quería eso para mis hijas. Yo pretendía que ellas tuvieran la confianza suficiente para recurrir a mí siempre que lo necesitaran.

Un niño necesita saber qué pasa a su alrededor y nunca es demasiado pronto para la verdad.

Son mucho más tolerantes que los adultos, porque eso a lo que tú le pones palabras ellos ya hace rato que lo sienten en su cuerpo. Por eso es tan importante que nuestras palabras sean fieles a la verdad: para que su imagen corresponda con su audio. De esta manera su psique se organizará consecuentemente y no tendrá que depender de nada externo para salvar su cordura. Podrán confiar en su sentido común, no necesitarán que nadie les diga lo que está bien o mal.
De buenas a primeras parece sencillo, ¿no? Eso creí yo al leer por primera vez La maternidad y el encuentro con la propia sombra‘ de Laura Gutman. Pero poco a poco, me di cuenta de que para poder poner palabras sencillas a lo que nos pasa – y por ende, a lo que le pasa al niño- nosotras también tenemos que tener acceso a nuestra propia ‘verdad’ infantil. Conectar con lo que nos sucedió nos ayuda a ver con mayor discernimiento, a entendernos a día de hoy y a comprender a la niña que fuimos y al niñ@ que hoy es. Si yo no hubiera podido conectar con el dolor vivido en mi infancia, si lo hubiera negado o disociado, no hubiera entendido qué sentía mi hija mayor y lo hubiera minimizado, dejándola a ella sola con su indignación y su rabia.
Montse Mulet
Terapeuta de Biografía Humana en www.enelpalco.com
Photo credit: Hernan Piñera via Foter.com / CC BY-SA